¡Enjoy!
Esa noche volví sudando a casa. No se si fue por la emoción del momento que acababa de vivir o por la desilusión que sentía.
Todo empezó como de costumbre. Me levante a las 7.30 de la mañana, cambié mi cómodo pijama por un vestuario acorde al día, me hice unas tostadas para el desayuno y bebí a pequeños sorbos el típico café cortado y sin azúcar que tanto disfruto.
Antes de salir de casa, tome un paraguas, solo por precaución. No suelo confiar en los meteorólogos.
Llegué al local aproximadamente a las 8.15. Como de costumbre, Elsa ya estaba allí, y me regañó una vez más por mi pequeña demora.
"La próxima vez te reduzco el sueldo", dijo, "después no digas que no te lo advertí."
Sin prestarle mucha atención a su amenaza, me puse mi delantal y tome la libreta para los pedidos.
La cafetería esta casi siempre vacía por las mañanas, cosa que me resulta muy extraña. ¿Será que la gente desayuna en su casa antes de salir a trabajar, o se despierta sin apetito? Eso no lo sé.
En fin, esa mañana no fue la excepción. Solo dos mesas estaban ocupadas.
La situación cambió un poco llegado el mediodía. En ese momento suelen llegar muchísimos clientes, algo apurados y de mal humor, que solo dicen "tráigame un tostado y un agua mineral, ¡rápido!", sin siquiera decir "por favor" o "gracias."
Pero mi historia, la que realmente me interesa y quiero compartir, tuvo lugar a eso de las seis de la tarde. Yo estaba atendiendo a una mujer gorda con una niña que lloraba, cuando lo vi entrar por la puerta. Fue como una visión. Era el hombre mas hermoso que había visto en mi vida entera. Tendría unos 35 años, vestía unos jeans y una camisa blanca y llevaba unos cuadernos bajo el brazo izquierdo, o tal vez eran libros, no pude distinguirlos bien. Se sentó en una de las mesas de al lado del ventanal, y se quedó esperando a ser atendido, mientras echaba súbitas miradas al pequeño menú de cartón plastificado que hay junto a los servilleteros.
Mi corazón dio latidos tan fuertes que apenas pude oír lo que la mujer gorda estaba ordenando.
Ni bien llevé la lista con el pedido a la cocina, me apresure a atender al bello cliente. Al acercarme mi mente comenzó a susurrarme: "decíle algo inteligente, hacéle un comentario acerca de los supuestos libros que trae."
Llegué a su mesa, "tal vez debería preguntarle su nombre. Mejor no, sonaría atrevido." Me miró con sus oscuros ojos y solo atiné a decir, "¿ya se decidió?, ¿qué le traigo?"
Bajó la vista una vez más y me dijo "el café con leche, ¿qué precio tiene?", "2 con 75", dije. "Muy bien", dijo," tráigame uno grande y una porción de tarta de manzana si no es molestia."
"¿Cómo podría ser molestia, guapo? Será un honor hacer realidad su deseo", debería haber contestado. Pero lo único que brotó de mis cobardes labios fue un "en seguida."
Lo observé tomar su café desde el mostrador. Una sensación subió lentamente por la parte trasera de mi cuello hasta situarse en mi nuca y oprimir mis pensamientos.
Nunca antes había deseado que un cliente se quedara por tanto tiempo en la cafetería.
Mientras lo veía terminar su tarta de manzana, que por cierto es una de las más deliciosas de la ciudad, pensaba qué podría decirle sólo para captar su atención.
Finalmente me decidí. Cuando me llamara para pedirme la cuenta, le anotaría al dorso de la misma mi número telefónico. O mejor aún, se lo pediría yo misma por temor a que él lo perdiera y no me llamara.
El momento al fin llegó. Con una seña gestual me indicó que me acercara a su mesa. Le pasé la cuenta delicadamente, y al instante él me pagó lo debido por la comida.
"Deciselo ahora, ¡ahora!"
Luego se levantó y recogió sus libros. Sí, al final pude constatar que eran libros. Salió del local por la puerta principal, y con una triste expresión en mi cara, lo vi alejarse.