Hoy viajaba en el 98 de regreso a casa luego de una ardua tarde en la facultad, y como siempre, venía acompañada de mis amados auriculares que me transportan a otras dimensiones. De repente cerré los ojos y me encontré a mí misma saltando del brazo de mi hermano en Costanera Sur, y gritando a viva voz "Don't test me, second guess me, protest me, you will disappear". Por eso se me antojó postear esta nota que publiqué hace un tiempito en la página para la que escribo (de paso mando el chivo: http://rockandball.com.ar , pasen que está buena!!). La crónica relata la noche más emocionente de mi vida, en lo que a música respecta. Señoras y señores, con ustedes: GREEN DAY!!
Cinco meses. Sí, cinco meses con la entrada guardada en una caja intransferible en algún lugar oculto de mi pieza, y al fin el día llegó.
El viernes 22 de octubre desembarqué en Costanera Sur con mi hermano a eso de las cuatro de la tarde, con la intención de aprovechar al máximo el Pepsi Music, pero mientras estaba parada entre el grupo de gente que se iba transformando en multitud a medida que caía el sol, sólo podía pensar en el momento en el que los tres californianos pisaran las tablas del escenario principal.
Cuándo finalmente la aguja chiquita del reloj marcó las nueve, y la aguja larga marcó las 6, las luces se apagaron y la masa de fanáticos agolpada frente al escenario empezó a latir con fuerza. Para sorpresa de todos no fueron los músicos quienes salieron a escena, sino que quien lo hizo fue un curioso personaje que suele verse con frecuencia en los recitales de la banda: un conejo rosado que corre de un lado a otro sosteniendo dos botellitas de cerveza y animando al publico ansioso. Después de provocar un par de risotadas, el conejillo desapareció y las luces volvieron a bajar.
Ahora sí, el momento soñado se hacía palpable. Green Day salió con todo al ritmo de 21th Century Breakdown, de los gritos y del pogo de las 35 mil personas que fuimos a ver a nuestra banda favorita.
“Te amo, Argentina”, pregonaba continuamente en español el vocalista, causando al instante la emoción de la tribuna que le respondía con más gritos y aplausos. “Green Day is moving to Argentina”, fue otra de sus divertidas declaraciones, y cómo olvidar la pregunta que formuló pidiendo refuerzos cuando en un momento de la noche se lanzó exhausto al suelo: “¿Alguien sabe tocar la guitarra?”. Obviamente, tampoco se hicieron desear los “heee-oooh”, y sus respectivos ecos por parte del público.Los hitazos nuevos y viejos se mezclaban con los juegos de luces y fuegos artificiales que acompañaban a los artistas, pero fue la actuación de Billie Joe la que se robó el corazón de todos. Incluso llegó a afirmar que su presentación en el país fue la mejor de todos los tiempos. Podría pensarse que sólo lo dijo para dejar contenta a la ingenua multitud, pero francamente yo me atrevo a creerle.
En síntesis, fueron tres horas de música y alegría en su estado más puro, y a pesar de no haber tenido la dicha de subir al escenario, besar a Billie Joe, obtener una guitarra de regalo o cantar Longview abrazada a Mike Dirnt, puedo decir que, con mis uñas verdes agitándose en el aire y mis cuerdas vocales al extremo, viví “the time of my life”.
Ahora mi entrada está pegada en el espejo que veo cada mañana, recordándome la incomparable y maravillosa noche que pasé junto a Green Day en Buenos Aires.


