jueves, 10 de marzo de 2011

Una de piratas...

Antes que nada, abro el paraguas y aclaro que éste no es uno de mis preferidos, pero ando con ganas de publicar, así que te dejo en compañía de uno de mis cuentos locos...¡Ahí va! Ojalá te guste.

Tres días después de la mudanza, María ya había acomodado todas las cosas a su gusto en su nueva casa. Sólo había un cuarto al que aún no había entrado, el sótano.
     Después de desayunar, se dispuso a explorarlo. Abrió la pequeña y rechinante puerta de madera, encendió la luz y bajó por la antigua y descuidada escalera. Era una habitación no muy grande, y en algunos rincones quedaban algunas cajas de cartón apiladas cubiertas de polvo que había dejado el dueño anterior. Pero lo que llamo la atención de María fue un pequeño cofre de madera oscura con las esquinas doradas que resaltaba entre la pila de cajas. Se acercó a él y quiso abrirlo, pero un pequeño candado de plata la detuvo. Sin embargo, al tocarlo apenas con las yemas de los dedos, misteriosamente este se desprendió y la joven pudo saciar su curiosidad.
     Lo que había dentro del cofre la tomó por sorpresa. Cubierto con una delicada seda blanca, había un pequeño pero bellísimo cuadro. En este podía apreciarse un barco de velas rojas amenazado por el furioso océano. María quedo maravillada al ver la pintura más de cerca, pues cada pincelada parecía cobrar vida propia, y reflejar una imagen tan vívida y real como las de las fotografías. Haciendo un examen más minucioso del cuadro, pudo observar a los tripulantes, los cuales no eran visibles a simple vista. Incluso pudo contemplar sus pequeños rostros invadidos por un terrible pánico.
     De repente, el sonido del timbre hizo a María apartar la mirada de aquella fabulosa obra de arte. La colocó sobre una de las cajas y subió para abrir la puerta.
     El visitante era un hombre de unos 80 años de edad, vestido de negro. Su cabeza estaba cubierta por escasos cabellos canos, y sus ojos azules se posaron sobre los de María cuando esta lo recibió. Se presentó como el antiguo dueño de la casa:
-Disculpe la intromisión, señorita, pero temo que olvidé en este lugar algo de suma importancia. Estoy seguro de que sigue aquí.
     María subió una ceja, y haciéndose a un lado de la puerta, le indicó con el brazo que pasara. Quiso ofrecerle una taza de té, pero el anciano dijo que solo tomaría un segundo. María insistió, y lo condujo a la sala. Una vez sentados junto a la nueva mesa de café, María quiso saber qué era lo que había olvidado y que era tan importante para hacerlo regresar.
-No quiero hacerla sentir incomoda ni atemorizarla, pero es una historia extraña y oscura- dijo el hombre en un tono voz tan bajo que casi parecía susurrar.
     Le explicó a María que siempre había sentido una incontrolable atracción hacia lo paranormal, y que a lo largo de su vida había acumulado infinita cantidad de objetos y anécdotas poco comunes. Hacía 40 años había comprado en un bazar, y por un altísimo precio, un cofre con una historia muy peculiar. Según le explicó el vendedor, aquél cofre contenía una pintura tan bella como maldita que databa del siglo XVII. Jamás se conoció el nombre del artista, pero la historia contaba que era un hombre muy poderoso que practicaba brujería secretamente.
     Una fría noche de tormenta, un grupo de piratas secuestró a su joven y bella esposa, a quien jamás volvió a ver. Desesperado de angustia y rabia, juró venganza contra sus enemigos, y logró cumplir con su palabra al capturar mediante un conjuro las almas de los hombres que habían apartado a su amada de su lado y hecho polvo su felicidad. Colocó aquellas almas marchitas en una escena de tormenta perpetua, que quedó plasmada en un cuadro, para que sintieran el terror y la impotencia que le habían hecho sentir, por toda la eternidad. De este modo también se aseguraba de que no volverían a dañar a nadie. Pero notó que si el cuadro no se protegía adecuadamente, era muy probable que las almas huyeran. Fue por eso que lo colocó dentro de un cofre y jamás volvió a abrirlo.
     El anciano le confió a María que él había decidido comprarlo por temor a que terminara en las manos de algún escéptico que, si cuidado alguno, dejara en libertad toda su maldad. Incluso le dijo que jamás había visto el cuadro con sus propios ojos, pues inmediatamente luego de la transacción, escondió el cofre en su hogar.
-Siempre lo guardé con devoción. Aún no puedo creer que lo haya olvidado aquí. Pero a mi edad la memoria me traiciona- agregó.
     María, por supuesto, no creyó una sola palabra de la historia que le acababa de narrar. Pero notó una inmensa preocupación en la mirada del anciano, y para no alarmarlo, no le confesó que ella ya había encontrado la tan preciada antigüedad. En cambio, le dijo que iría en ese mismo instante a inspeccionar por si se topaba con ella. En su mente ya lo tenía todo planeado: bajaría al sótano, volvería a colocar la pintura en el cofre, y se lo entregaría al hombre para que este se serenara.
     Y eso fue lo que se dispuso a hacer. Volvió a abrir la rechinante puerta, prendió el interruptor de la luz, y bajó nuevamente las escaleras. Pero cuando fue en busca del cuadro que seguía sobre una de las cajas, la imagen que este reflejaba era totalmente distinta: la tormenta había desaparecido, por lo que el mar estaba calmo, y podía verse muy lejos el barco de velas rojas desapareciendo en el horizonte.
    

2 comentarios:

  1. Me encantó Sabri :)
    Está para adaptarlo y hacer una peli de suspenso/terror... Jejeje :D
    Juls

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  2. Humm muy interesante , se nota que tenes ganas de explorar todo.... me gusta pero me permito preguntar si la intención fue un cuento o un gran comienzo de una especie de novela...
    insisto me parece muy interesante...

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